No tengo ganas de nada y no sé por qué: cuando la desgana no es pereza
No tengo ganas de nada y no sé por qué: cuando la desgana no es pereza
Tiempo de lectura: 9 min · Artículo de fondo
No es tristeza exactamente.
No es ansiedad.
No estás llorando por las esquinas ni te has hundido de golpe.
Es otra cosa. Más silenciosa.
Es que no te apetece nada.
Ni lo que antes te gustaba. Ni lo que se supone que tendría que ilusionarte.
Te proponen un plan y por dentro calculas cuánto vas a tener que fingir.
Te lo cancelan y sientes un alivio que casi te da vergüenza.
Terminas el día con el móvil en la mano, pasando pantallas, sin querer nada en concreto.
Y lo peor no es que no te apetezca nada.
Lo peor es que si alguien te preguntara ahora mismo qué te apetecería, no sabrías qué contestar.
Entonces aparece la pregunta que no sabes muy bien a quién hacer:
¿Por qué no tengo ganas de nada si no me está pasando nada malo?
Si has llegado hasta aquí, probablemente ya te has preguntado más de una vez si esto es normal, si te está pasando algo, o si simplemente te has vuelto una persona apática. Este artículo es para eso.
Primero, algo importante: no tener ganas no es falta de voluntad
Llevas tiempo tirando de ti misma.
Te obligas. Cumples. Sales aunque no te apetezca. Te has apuntado a cosas para «salir de la rutina». Has intentado el deporte, el cambio de planes, el fin de semana distinto.
Y funciona un rato. A veces incluso te lo pasas bien.
Pero al día siguiente vuelve esa nada de fondo.
Eso no significa que lo estés haciendo mal.
No tener ganas es un hecho. «Soy una vaga» es un juicio. Y llevas tanto tiempo mezclando las dos cosas que ya no distingues una de otra.
La desgana no aparece porque hayas dejado de esforzarte. Suele aparecer justo en las mujeres que llevan años esforzándose sin parar.
Una historia que quizás reconoces
Nuria tiene 44 años. Dirige un equipo de doce personas, tiene dos hijos adolescentes y una casa que funciona. Desde fuera, nada falla.
Cuando llegó a consulta dijo una frase que llevaba meses sin atreverse a decir en voz alta: «No es que esté mal. Es que me da igual todo. Y eso me asusta más que estar mal.»
Le habían dicho que necesitaba desconectar. Que se apuntara a algo. Que se diera un capricho.
Nuria no necesitaba un capricho. Necesitaba entender por qué llevaba veinte años sin saber qué quería.
Lo que Nuria vivía tiene nombre. Y tiene explicación.
Lo que tu inconsciente hace cuando querer nunca te llevó a ninguna parte
La desgana no siempre es falta de energía. Muchas veces es una retirada: tu inconsciente dejó de fabricar deseo porque, en algún momento, querer algo no llevaba a ninguna parte. Lo dijiste y nadie lo recogió. Lo pediste y no pasó nada. Lo quisiste y aprendiste que daba igual quererlo. Cuando eso se repite lo suficiente, dejar de desear duele menos que desear delante de alguien que no escucha.
No fue una decisión. Fue un aprendizaje.
Y probablemente empezó mucho antes de lo que crees. Lo reconoces porque hoy sigues:
- Diciendo «me da igual, elige tú» cuando en realidad sí tenías preferencia
- Contando algo que te ilusionaba y notando que la otra persona ya estaba en otra cosa
- Aplazando tus planes propios hasta que un día dejaron de apetecerte solos
- Sintiendo alivio cuando te cancelan algo que, en teoría, te hacía ilusión
Ninguna de esas cosas parece grave por separado.
Juntas, y repetidas durante quince o veinte años, enseñan a tu inconsciente una lección muy concreta: lo que tú quieras no va a cambiar nada.
No has perdido las ganas.
Las apagaste hace tiempo, porque tenerlas dolía más que no tenerlas.
Lo que no se desea, deja de pedirse
Cada vez que te tragaste un «yo prefería la otra opción», algo en ti tomó nota.
Cada vez que dijiste «no importa» importando, se cerró una puerta pequeña.
Cada vez que elegiste lo que menos ruido hacía, tu deseo ocupó un poco menos de espacio.
Y el deseo funciona como un músculo: si no se usa, no desaparece de golpe. Se atrofia.
Bessel van der Kolk, psiquiatra que lleva décadas estudiando cómo el cuerpo guarda lo que la mente calla, lo dejó escrito así en El cuerpo lleva la cuenta:
«Mientras sigas guardando secretos y suprimiendo información, estarás en guerra contigo mismo.»
— Bessel van der Kolk
No hace falta que sean secretos grandes. A veces el secreto es tan pequeño como que llevas años sin decir en voz alta qué te apetece de verdad.
Es como una casa en la que vas cerrando habitaciones.
Primero cierras la que no usas.
Luego la de al lado, porque total.
Y un día te das cuenta de que llevas años viviendo en el pasillo, y que ya ni recuerdas qué había en las demás.
Has aprendido a funcionar. Pero funcionar no es lo mismo que estar viva
Las mujeres que más desgana arrastran suelen ser, paradójicamente, las que mejor cumplen.
Las que llegan a todo. Las que se acuerdan de los cumpleaños. Las que sostienen la logística invisible de una familia entera sin que nadie lo nombre.
Pero rara vez han tenido espacio real para:
- Querer algo sin justificar para qué sirve
- Cambiar de opinión sin dar explicaciones
- Decir «esto no me apetece» sin ofrecer una alternativa a cambio
- Elegir primero, antes de calcular qué necesitan los demás
Y llega un momento en que el cuerpo dice: hasta aquí.
No de forma dramática. Sin crisis visible. Solo con esa nada de fondo que no se va, hagas lo que hagas.
Tu inconsciente no distingue entre «lo dije y nadie me escuchó» y «llevo veinte años sin decirlo». Para él, deseo que no encuentra respuesta es deseo que sobra. Y deja de fabricarlo.
No te has apagado por dentro. Te apagaron el interruptor y aprendiste a vivir con la luz baja.
Si además arrastras un cansancio que no se va aunque duermas, suele ser el mismo mecanismo entrando por otra puerta: no es el cuerpo el que está sin batería, es lo que llevas sosteniendo sin soltar.
Preguntas para quedarte un momento contigo
No hace falta que las respondas en voz alta. Solo quédate un momento con cada una y observa qué se mueve por dentro.
Preguntas para quedarte un momento contigo
- ¿Cuándo fue la última vez que quisiste algo solo porque sí, sin que sirviera para nada ni para nadie?
- Si mañana nadie esperara nada de ti, ¿qué harías con el día? Si no te sale la respuesta, ahí ya hay información.
- ¿Qué dejaste de pedir porque, cuando lo pedías, nadie lo recogía?
- Si tu cuerpo pudiera elegir una sola cosa hoy, ¿qué elegiría? No lo pienses. Nota qué aparece.
- ¿Desde cuándo respondes «me da igual»? ¿Y desde cuándo es verdad?
Tómate tu tiempo. No hay respuestas correctas. Hay las tuyas.
Ejercicios prácticos para volver a tener ganas
No se trata de obligarte a ilusionarte. Eso ya lo has intentado y no funciona. Se trata de que tu inconsciente vuelva a comprobar, en cosas muy pequeñas, que lo que tú quieres sí llega a alguna parte.
✦ Ejercicio 1: El sí pequeño del día
Cada día, elige una sola cosa mínima solo porque te apetece: qué desayunas, qué canción pones, por qué calle vuelves a casa. Que no sirva para nada. El deseo no vuelve de golpe. Se reentrena en decisiones tan pequeñas que tu inconsciente no las lee como peligrosas.
✦ Ejercicio 2: La parte que apagó la luz
Siéntate cinco minutos, lleva la atención a esa desgana y, en lugar de intentar quitártela, pregúntale: ¿de qué me estás protegiendo? Escribe lo primero que aparezca, sin corregirlo. La desgana no es tu enemiga. Es una parte de ti haciendo un trabajo que en su momento fue necesario, y a la que nadie le ha dicho todavía que ya puede parar.
✦ Ejercicio 3: El inventario de lo que dejaste de pedir
Escribe cinco cosas que en algún momento quisiste y dejaste de pedir. Al lado de cada una, apunta qué pasó la última vez que la pediste. Lo que aparece ahí no es lo que quieres. Es lo que aprendiste sobre querer, y eso es justo lo que hay que tocar.
✦ Ejercicio 4: La pregunta de la mujer anterior
Piensa en tu madre. Y si puedes, en tu abuela. ¿Qué querían ellas que nunca se permitieron? Muchas veces la desgana no empezó en ti. El permiso para desear se hereda igual que el color de los ojos, y su ausencia también.
Preguntas frecuentes
¿No tener ganas de nada es lo mismo que estar deprimida?
No son lo mismo, aunque desde fuera se parezcan mucho. Lo que describe este artículo es una desconexión del deseo en alguien que sigue con su vida en marcha: cumples, trabajas, apareces donde tienes que aparecer, y por dentro no hay nada que te llame. Cuando lo que sientes va más allá de eso, cuando llevas semanas sin poder con lo básico, cuando el descanso y las ganas de comer se han descolocado, o cuando aparece la idea de que nada de esto merece la pena, ahí ya no basta con entenderlo: el primer paso es reconocerlo y pedir ayuda.
¿Por qué me pasa esto si mi vida está bien y no me falta nada?
Precisamente porque el problema no está en lo que tienes, sino en cómo llegaste hasta aquí. Se puede construir una vida entera eligiendo siempre lo razonable, lo que no molesta a nadie, lo que tocaba. Esa vida funciona. Pero está hecha de decisiones que no salieron de tu deseo, y por eso no te devuelve nada. La desgana aparece justo ahí: cuando lo tienes todo menos la sensación de que algo de esto lo elegiste tú. Es la misma raíz que hay detrás de la sensación de vacío aunque tu vida esté bien.
¿Cómo sé si es pereza o es otra cosa?
La pereza es concreta y va y viene: no te apetece hacer una cosa determinada, pero sí te apetecen otras. Lo que describe este artículo es distinto. No es que te dé pereza el gimnasio, es que no hay nada que te llame. Ni lo difícil ni lo fácil. Y persiste aunque descanses, aunque cambies de plan, aunque objetivamente todo vaya bien. Si te cuesta encontrar una sola cosa que te apetezca de verdad, no es pereza.
¿Puedo salir de esto yo sola?
Parte del camino sí. Los ejercicios de este artículo, empezar a notar dónde dices «me da igual» sin que sea verdad, permitirte elegir en cosas pequeñas: eso puedes hacerlo tú, y ya mueve algo. Pero si la desgana viene de años aprendiendo que lo que tú querías no le importaba a nadie, hay una capa que resulta muy difícil de ver desde dentro, porque es justo la que se volvió invisible. Ahí es donde el acompañamiento marca la diferencia: no para darte ganas, sino para llegar a lo que las apagó.
Para terminar: no has perdido las ganas, las guardaste
Si has llegado hasta aquí, probablemente porque algo de lo que has leído te ha tocado más de lo que esperabas.
Quiero que te quedes con esto:
- No te pasa por ser una vaga.
- No te pasa porque no sepas motivarte.
- No te pasa por desagradecida.
Te pasa porque en algún momento aprendiste que lo que tú querías daba igual, que lo dijeras o te lo callaras el resultado era el mismo. Y tu inconsciente hizo lo único sensato que podía hacer: dejar de querer.
Y eso no se arregla apuntándote a algo nuevo.
Se empieza a soltar cuando miras quién dejó de escucharte, y cuándo dejaste tú de decirlo.
Las ganas no se pierden.
Se guardan, cuando tenerlas duele.
Volver a sentirlas no es un chispazo que llega un martes. Es un camino que empieza permitiéndote querer cosas pequeñas, sin justificarlas, hasta que tu inconsciente se fía otra vez.
Si lo que has leído describe algo que llevas tiempo sintiendo, quizás ha llegado el momento de acompañarte de otra manera.
Trabajo con mujeres que, como tú, han probado a cambiar de rutina, a apuntarse a cosas nuevas, a obligarse a ilusionarse, y siguen sin que nada les apetezca. En sesión, vamos a la raíz: a lo que un día te enseñó a dejar de querer.